Hoy como todos los 22 de abril desde hace más de 40 años, se celebra el "Día de la Tierra". En este breve artículo de análisis, se propone pensar dos dimensiones: la Tierra-Planeta, ligada a un discurso Globalocéntrico, junto con la Tierra-Territorio, más cercana a la idea del Lugar vivido. Se trata de convencernos de que es necesario no solamente un "pensar global", sino también un "pensar local" en el movimiento ambiental comprometido tanto con la biodiversidad como la diversidad cultural.
El surgimiento del movimiento ambientalista está muy ligado con el “descubrimiento” de nuestra pertenencia al Planeta Tierra. A pesar de que el conocimiento occidental ya había alcanzado desde la época de la colonización una expansión a nivel mundial, los avances en la exploración del espacio exterior produjeron una “conciencia” mucho mayor de nuestra pertenencia a una Nave Tierra. Se cita frecuentemente que la foto del Planeta tomada desde la luna cambió la percepción de una generación, que ya comenzó a pensarse como “global”. En este marco amplio, se celebró por primera vez el Día de la Tierra en 1970 en Estados Unidos, donde ya estaba activa la sociedad civil ecologista.
Esta idea emergente del “medio ambiente”, como concepto moderno, alcanzó mayor trascendencia cuando en 1972 se realizó la Cumbre de Estocolmo que proclamó justamente el lema “Una sola tierra”. Luego de ello, la publicación en 1987 de “Nuestro Futuro Común” preparó las bases para que en 1992 la ya denominada “Cumbre de la Tierra” o Río-92 proclamara el discurso del “desarrollo sustentable”. Junto con éste, aparece el lema “Pensar globalmente, actuar localmente”. No obstante ello, veinte años después de ese hito, las limitaciones de esta concepción global son evidentes. Para comprenderlo, debemos hacer un breve repaso del debate ambiental en estos últimos años.
Un año después de la Eco-92, el pensador francés Edgar Morin publicó junto con Anne Brigitte Kern el libro Tierra Patria. Desde su sugestivo nombre, se plantea la necesidad de abordar la crisis ambiental como punto en el cual reconsiderar nuestra civilización humana. “Pertenecemos a la Tierra que nos pertenece”, nos dicen los autores. Así, la conciencia de nuestra identidad planetaria debería marcar nuestra acción ligada a la Tierra como comunidad de destino. La idea de la Planetariedad apareció así como imagen fundamental de una “revolución paradigmática”, cuyo principal mensaje radica en que “el planeta en tanto tal se politiza y la política se planetariza”.
Hoy, casi veintidós años después de la gran cumbre de Río-92, podemos constatar que esa “conciencia terrestre” a la que se aspiraba parece no consolidarse. Es decir, la escala “planetaria” de la problemática ambiental sí parece confirmarse, como fue un claro ejemplo la Cumbre de Copenhague sobre Cambio Climático en 2009. Sin embargo, también su propio fracaso marca que, al menos hasta ahora, no es cierto que la política se planetariza. Por un lado, ningún país puede escapar a las consecuencias del problema ambiental, pero algunos son más vulnerables que otros. Por otro lado, las negociaciones fracasan porque la discusión de las responsabilidades diferenciadas es necesaria, mas muy compleja.
En este sentido, creo necesario adoptar una perspectiva crítica sobre la llamada “conciencia ecológica”. Así lo sostiene el pensador mexicano Enrique Leff cuando publicó hace una década el artículo “La ecología política en América Latina”. Allí, el autor nos vino a recordar que no existe tal “conciencia de especie”, como la retratada por Morin y la corriente de la “ecología generalizada”. Con una visión del movimiento ambientalista que admite analizar su carácter heterogéneo, con mayores motivos la idea de una humanidad conectada en una conciencia común no es consistente ni deseable. En forma contraria, se parte de una “política de la diferencia” basada en una epistemología política.
Este tipo de ideas es compartida por otro autor del campo de la Ecología Política regional, como el antropólogo colombiano Arturo Escobar. En su célebre libro, El Final del Salvaje describe diferentes discursos sobre la biodiversidad, entre los que señala uno predominante, y que justamente llama la “perspectiva globalocéntrica”. Anclada en el concepto de “desarrollo sostenible” en el modo en que lo difunden no sólo organismos internacionales sino corporaciones globales, junto con algunas organizaciones civiles, aquí lo importante a resaltar en que se trata de un proyecto global, pensando desde el Centro de la geopolítica, para ser aplicado en todo el Mundo. Dicho de otra forma, esta visión de la Tierra como Planeta que responde a que sólo existe un Pensar Global que debe reproducirse.
Por el contrario, otras perspectivas que Escobar señala tanto en la perspectiva de la “soberanía nacional” (criticable por otros puntos), como la “biodemocracia” pero sobre todo de la “autonomía cultural” son relevantes. En diálogo con las teorías de la Decolonialidad, significa una crítica profunda al modelo civilizatorio de la Modernidad, que diseña justamente la globalidad como expresión de una singularidad homogenizada. En un artículo más reciente, “Ecología Política de la Globalidad y la Diferencia”, el autor señala la importancia de sostener el Lugar como fuente de identidad y cultura. Aquí propongo justamente pensar la Tierra como Territorio, espacio vivido, y pensante...
Para concluir esta breve nota, se trata entonces de una invitación a reflexionar en la necesidad, por ejemplo, de una “territorialización del cambio climático”. Como aporte al debate, he manifestado que se trata de una estrategia diferente, por el cual se puede “bajar a tierra” un tema tan etéreo como el calentamiento global. Este tipo de aproximaciones significa pensar la implementación de las Leyes de Bosques y de Glaciares como una política climática. Concebir el Día de hoy como celebración de la “Madre Tierra” puede también contribuir a acercar la idea de la Tierra-Planeta y la Tierra-Territorio, nuestra casa y nuestra matria.
Ver también:
Alainet: No es el día mundial de la Tierra, es el Día Mundial de Nuestra Única Madre Tierra (22-4-2014).
Pablo Gavirati en ComAmbiental: COP19: ¿Y ahora, quién podrá defendernos? (2013)
Por Pablo Gavirati
Doctor en Ciencias Sociales
IIGG - UBA
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La NASA volvió a difundir la imponente imagen de la Tierra vista del espacio. |
El surgimiento del movimiento ambientalista está muy ligado con el “descubrimiento” de nuestra pertenencia al Planeta Tierra. A pesar de que el conocimiento occidental ya había alcanzado desde la época de la colonización una expansión a nivel mundial, los avances en la exploración del espacio exterior produjeron una “conciencia” mucho mayor de nuestra pertenencia a una Nave Tierra. Se cita frecuentemente que la foto del Planeta tomada desde la luna cambió la percepción de una generación, que ya comenzó a pensarse como “global”. En este marco amplio, se celebró por primera vez el Día de la Tierra en 1970 en Estados Unidos, donde ya estaba activa la sociedad civil ecologista.
Esta idea emergente del “medio ambiente”, como concepto moderno, alcanzó mayor trascendencia cuando en 1972 se realizó la Cumbre de Estocolmo que proclamó justamente el lema “Una sola tierra”. Luego de ello, la publicación en 1987 de “Nuestro Futuro Común” preparó las bases para que en 1992 la ya denominada “Cumbre de la Tierra” o Río-92 proclamara el discurso del “desarrollo sustentable”. Junto con éste, aparece el lema “Pensar globalmente, actuar localmente”. No obstante ello, veinte años después de ese hito, las limitaciones de esta concepción global son evidentes. Para comprenderlo, debemos hacer un breve repaso del debate ambiental en estos últimos años.
Un año después de la Eco-92, el pensador francés Edgar Morin publicó junto con Anne Brigitte Kern el libro Tierra Patria. Desde su sugestivo nombre, se plantea la necesidad de abordar la crisis ambiental como punto en el cual reconsiderar nuestra civilización humana. “Pertenecemos a la Tierra que nos pertenece”, nos dicen los autores. Así, la conciencia de nuestra identidad planetaria debería marcar nuestra acción ligada a la Tierra como comunidad de destino. La idea de la Planetariedad apareció así como imagen fundamental de una “revolución paradigmática”, cuyo principal mensaje radica en que “el planeta en tanto tal se politiza y la política se planetariza”.
Hoy, casi veintidós años después de la gran cumbre de Río-92, podemos constatar que esa “conciencia terrestre” a la que se aspiraba parece no consolidarse. Es decir, la escala “planetaria” de la problemática ambiental sí parece confirmarse, como fue un claro ejemplo la Cumbre de Copenhague sobre Cambio Climático en 2009. Sin embargo, también su propio fracaso marca que, al menos hasta ahora, no es cierto que la política se planetariza. Por un lado, ningún país puede escapar a las consecuencias del problema ambiental, pero algunos son más vulnerables que otros. Por otro lado, las negociaciones fracasan porque la discusión de las responsabilidades diferenciadas es necesaria, mas muy compleja.
En este sentido, creo necesario adoptar una perspectiva crítica sobre la llamada “conciencia ecológica”. Así lo sostiene el pensador mexicano Enrique Leff cuando publicó hace una década el artículo “La ecología política en América Latina”. Allí, el autor nos vino a recordar que no existe tal “conciencia de especie”, como la retratada por Morin y la corriente de la “ecología generalizada”. Con una visión del movimiento ambientalista que admite analizar su carácter heterogéneo, con mayores motivos la idea de una humanidad conectada en una conciencia común no es consistente ni deseable. En forma contraria, se parte de una “política de la diferencia” basada en una epistemología política.
Este tipo de ideas es compartida por otro autor del campo de la Ecología Política regional, como el antropólogo colombiano Arturo Escobar. En su célebre libro, El Final del Salvaje describe diferentes discursos sobre la biodiversidad, entre los que señala uno predominante, y que justamente llama la “perspectiva globalocéntrica”. Anclada en el concepto de “desarrollo sostenible” en el modo en que lo difunden no sólo organismos internacionales sino corporaciones globales, junto con algunas organizaciones civiles, aquí lo importante a resaltar en que se trata de un proyecto global, pensando desde el Centro de la geopolítica, para ser aplicado en todo el Mundo. Dicho de otra forma, esta visión de la Tierra como Planeta que responde a que sólo existe un Pensar Global que debe reproducirse.
Por el contrario, otras perspectivas que Escobar señala tanto en la perspectiva de la “soberanía nacional” (criticable por otros puntos), como la “biodemocracia” pero sobre todo de la “autonomía cultural” son relevantes. En diálogo con las teorías de la Decolonialidad, significa una crítica profunda al modelo civilizatorio de la Modernidad, que diseña justamente la globalidad como expresión de una singularidad homogenizada. En un artículo más reciente, “Ecología Política de la Globalidad y la Diferencia”, el autor señala la importancia de sostener el Lugar como fuente de identidad y cultura. Aquí propongo justamente pensar la Tierra como Territorio, espacio vivido, y pensante...
Para concluir esta breve nota, se trata entonces de una invitación a reflexionar en la necesidad, por ejemplo, de una “territorialización del cambio climático”. Como aporte al debate, he manifestado que se trata de una estrategia diferente, por el cual se puede “bajar a tierra” un tema tan etéreo como el calentamiento global. Este tipo de aproximaciones significa pensar la implementación de las Leyes de Bosques y de Glaciares como una política climática. Concebir el Día de hoy como celebración de la “Madre Tierra” puede también contribuir a acercar la idea de la Tierra-Planeta y la Tierra-Territorio, nuestra casa y nuestra matria.
Ver también:
Alainet: No es el día mundial de la Tierra, es el Día Mundial de Nuestra Única Madre Tierra (22-4-2014).
Pablo Gavirati en ComAmbiental: COP19: ¿Y ahora, quién podrá defendernos? (2013)
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