Esta semana se cumplieron ocho años de la desaparición de Diego Duarte en el relleno sanitario de CEAMSE en José León Suárez. ComAmbiental entrevistó a la escritora Alicia Dujovne Ortiz que investigó el caso y lo plasmó en un elocuente libro. El escenario es el mismo de la masacre de 1955 relatada por Rodolfo Walsh y del asesinato del año pasado de dos jóvenes tras el descarrilamiento de un tren. ¿Pura casualidad?
¿Cuál es el patrón? En febrero se cumplió un año del asesinato de dos jóvenes que iban a cartonear al relleno sanitario de CEAMSE en José León Suárez: Franco Almirón y Mauricio Ramos. Ocurrió luego del descarrilamiento de un tren de carga de la línea Mitre, administrada por TBA, en un hecho que el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) considera que fueron “ejecuciones policiales, las peores consecuencias del modelo de seguridad bonaerense”.
Como en Operación Masacre retratada por Rodolfo Walsh, el abuso de poder copó el mismo lugar. La hermana de Diego Duarte, Alicia, contó a ComAmbiental que “hace dos años encontraron un cráneo (donde habría desaparecido Diego) pero todavía no están los resultados de ADN” y no hay ningún responsable identificado. Por su parte, la investigadora Alicia Dujovne Ortiz amplió el foco y apuntó al CEAMSE, calificándolo como "un negoción" que sintetiza "impunidad policial y complicidad de la justicia".
Con el nombre de Maradona y el apellido de Evita. La última vez que se lo vio a Diego Duarte fue en el basural, la noche del 15 de marzo de 2004. Entró para juntar metales para revender y comprarle así zapatillas nuevas a su hermano. La sospecha más firme es que un policía bonaerense lo descubrió entre los residuos y ordenó que una topadora de CEAMSE lo entierre vivo.
El libro ¿Quién mató a Diego Duarte? (Aguilar) publicado en septiembre de 2010, expone las amenazas e irregularidades en la investigación judicial pero también las tareas sociales que hacen hoy sus familiares y amigos para mantener viva su memoria. Con una prosa atrapante, la autora Alicia Dujovne Ortiz, guía al lector para trepar juntos los prejuicios y rescatar los valores de la basura. En diálogo con ComAmbiental, desmenuzó un poco más este sistema urbano que parece desechar del mismo modo, tanto alimentos o recursos naturales como vidas humanas.
¿Su contacto con los cartoneros fue tal como cuenta en el libro?
Hace mucho tiempo que quería acercarme y no tenía cómo, porque me parecía difícil abordarlos aunque no es así. Con el pretexto de un concurso de arte cartonero me contacté con Juan Padilla, banquero del Tercer Mundo, quien me puso en contacto con Margarita Carlés que tiene la asociación de cartoneros Va de Vuelta y me coordinó una reunión en la avenida Libertador, simplemente porque ella vivía a una cuadra. Me parecía gracioso que yo viniera de París con una propuesta de una embajada y ellos preguntándose “esta mina de dónde sale”. El hielo se rompió enseguida.
Estaba Ernesto Lalo Paret, un dirigente nato que se autodenomina tercera generación de cirujas. Él fue el que me llevó a su barrio natal en José León Suárez, un lugar terrible. No sé por qué confió en mí, se me piantó adelante y me dijo “si vos querés conocer la realidad, yo te llevo”. Con él conocí la quema de Campana, el taller de Santiago que se inventó una máquina para moler las botellas PET, y cada lugar tal cual relato en el libro hasta la subida en la colina de la basura, vestida de ciruja porque frente a la policía no podía ir como periodista.
¿Sigue en contacto con ellos?
Soy muy amiga de Alicia Duarte, la hermana de Diego. Ella tiene una reacción extraordinariamente creativa y positiva: empezó creando la Asociación Civil Diego Duarte donde da apoyo escolar, da la leche a los chicos, tiene una panadería comunitaria y ahora con una de mis amigas, Carmen Iriondo (poeta), los chicos han pintado un mural con la historia de Diego y, lo fundamental, tienen agua más segura.
Eso es vital. Recuerdo en un fragmento que la convidan con un mate.
Sí, el agua no va a hervir y bueno, me lo tomé. Allí los árboles tienen raíces hacia los costados porque el agua está contaminada por el desecho que viene del CEAMSE que pasa por el arroyo Reconquista. Cuando uno saca una raíz se siente el olor de la contaminación.
La moraleja de esta historia es que se necesita mucho menos de lo que se cree, el problema es que nadie les va a preguntar a los habitantes qué es lo que necesitan. Y hay iniciativas a pulmón de los propios habitantes de lo que Lalo Paret llama “las construcciones asociativas subterráneas”.
¿Qué tipo de respuestas recibió a partir de la publicación?
El libro fue presentado en la Argentina, en la Embajada en París y en varias librerías parisienses, con mucha afluencia. Me abrió a un público que no tenía, por mi edad y por el tipo de temas, un público joven politizado, concientizado y eso para mí es extraordinario. Con toda franqueza, mi relación profunda con la Argentina hoy es esto y no la clase media que me parece que tiene una actitud muy desagradable en relación con la tremenda miseria y la inmigración latinoamericana.
El lector joven está politizado de otra manera a la que estaba mi generación de los ‘60 o ’70, se parece más a lo que siento en este momento como real, posible, en apoyo a la gente que se organiza en el conurbano. A donde he ido me encontré con un poeta que da talleres de poesía, un actor que da teatro, un psicoanalista, toda gente joven que se acerca al núcleo de la pobreza para poner el hombro.
¿Y cómo entra el tema ambiental en esto?
Entra muchísimo. Ahí es donde habría que entender que lo que hacen los cartoneros es de alto interés ecológico y social. Si la gente entiende que en el tachito de su casa tiene que separar su basura por lo menos en dos como en cualquier país civilizado, la clase media argentina no parece muy civilizada.
Los cartoneros más lúcidos y concientizados dicen que si el Estado los acompañara podrían separar y reciclar un porcentaje enorme de basura. Obviamente algún día el CEAMSE hay que cerrar porque cobra por tonelada enterrada pero los cartoneros de allí viven de la basura y no tienen el menor interés de que se cierre. Entonces hay que ver cómo se hace para que los ecologistas colaboren con los cartoneros y encuentren un modus vivendi en la separación y el reciclado.
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Tapa del libro ¿Quién mató a Diego Duarte? Crónicas de la basura. |
¿Cuál es el patrón? En febrero se cumplió un año del asesinato de dos jóvenes que iban a cartonear al relleno sanitario de CEAMSE en José León Suárez: Franco Almirón y Mauricio Ramos. Ocurrió luego del descarrilamiento de un tren de carga de la línea Mitre, administrada por TBA, en un hecho que el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) considera que fueron “ejecuciones policiales, las peores consecuencias del modelo de seguridad bonaerense”.
Como en Operación Masacre retratada por Rodolfo Walsh, el abuso de poder copó el mismo lugar. La hermana de Diego Duarte, Alicia, contó a ComAmbiental que “hace dos años encontraron un cráneo (donde habría desaparecido Diego) pero todavía no están los resultados de ADN” y no hay ningún responsable identificado. Por su parte, la investigadora Alicia Dujovne Ortiz amplió el foco y apuntó al CEAMSE, calificándolo como "un negoción" que sintetiza "impunidad policial y complicidad de la justicia".
Con el nombre de Maradona y el apellido de Evita. La última vez que se lo vio a Diego Duarte fue en el basural, la noche del 15 de marzo de 2004. Entró para juntar metales para revender y comprarle así zapatillas nuevas a su hermano. La sospecha más firme es que un policía bonaerense lo descubrió entre los residuos y ordenó que una topadora de CEAMSE lo entierre vivo.
El libro ¿Quién mató a Diego Duarte? (Aguilar) publicado en septiembre de 2010, expone las amenazas e irregularidades en la investigación judicial pero también las tareas sociales que hacen hoy sus familiares y amigos para mantener viva su memoria. Con una prosa atrapante, la autora Alicia Dujovne Ortiz, guía al lector para trepar juntos los prejuicios y rescatar los valores de la basura. En diálogo con ComAmbiental, desmenuzó un poco más este sistema urbano que parece desechar del mismo modo, tanto alimentos o recursos naturales como vidas humanas.
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La escritora. Foto: ComAmbiental |
Hace mucho tiempo que quería acercarme y no tenía cómo, porque me parecía difícil abordarlos aunque no es así. Con el pretexto de un concurso de arte cartonero me contacté con Juan Padilla, banquero del Tercer Mundo, quien me puso en contacto con Margarita Carlés que tiene la asociación de cartoneros Va de Vuelta y me coordinó una reunión en la avenida Libertador, simplemente porque ella vivía a una cuadra. Me parecía gracioso que yo viniera de París con una propuesta de una embajada y ellos preguntándose “esta mina de dónde sale”. El hielo se rompió enseguida.
Estaba Ernesto Lalo Paret, un dirigente nato que se autodenomina tercera generación de cirujas. Él fue el que me llevó a su barrio natal en José León Suárez, un lugar terrible. No sé por qué confió en mí, se me piantó adelante y me dijo “si vos querés conocer la realidad, yo te llevo”. Con él conocí la quema de Campana, el taller de Santiago que se inventó una máquina para moler las botellas PET, y cada lugar tal cual relato en el libro hasta la subida en la colina de la basura, vestida de ciruja porque frente a la policía no podía ir como periodista.
¿Sigue en contacto con ellos?
Soy muy amiga de Alicia Duarte, la hermana de Diego. Ella tiene una reacción extraordinariamente creativa y positiva: empezó creando la Asociación Civil Diego Duarte donde da apoyo escolar, da la leche a los chicos, tiene una panadería comunitaria y ahora con una de mis amigas, Carmen Iriondo (poeta), los chicos han pintado un mural con la historia de Diego y, lo fundamental, tienen agua más segura.
Eso es vital. Recuerdo en un fragmento que la convidan con un mate.
Sí, el agua no va a hervir y bueno, me lo tomé. Allí los árboles tienen raíces hacia los costados porque el agua está contaminada por el desecho que viene del CEAMSE que pasa por el arroyo Reconquista. Cuando uno saca una raíz se siente el olor de la contaminación.
La moraleja de esta historia es que se necesita mucho menos de lo que se cree, el problema es que nadie les va a preguntar a los habitantes qué es lo que necesitan. Y hay iniciativas a pulmón de los propios habitantes de lo que Lalo Paret llama “las construcciones asociativas subterráneas”.
¿Qué tipo de respuestas recibió a partir de la publicación?
El libro fue presentado en la Argentina, en la Embajada en París y en varias librerías parisienses, con mucha afluencia. Me abrió a un público que no tenía, por mi edad y por el tipo de temas, un público joven politizado, concientizado y eso para mí es extraordinario. Con toda franqueza, mi relación profunda con la Argentina hoy es esto y no la clase media que me parece que tiene una actitud muy desagradable en relación con la tremenda miseria y la inmigración latinoamericana.
El lector joven está politizado de otra manera a la que estaba mi generación de los ‘60 o ’70, se parece más a lo que siento en este momento como real, posible, en apoyo a la gente que se organiza en el conurbano. A donde he ido me encontré con un poeta que da talleres de poesía, un actor que da teatro, un psicoanalista, toda gente joven que se acerca al núcleo de la pobreza para poner el hombro.
¿Y cómo entra el tema ambiental en esto?
Entra muchísimo. Ahí es donde habría que entender que lo que hacen los cartoneros es de alto interés ecológico y social. Si la gente entiende que en el tachito de su casa tiene que separar su basura por lo menos en dos como en cualquier país civilizado, la clase media argentina no parece muy civilizada.
Los cartoneros más lúcidos y concientizados dicen que si el Estado los acompañara podrían separar y reciclar un porcentaje enorme de basura. Obviamente algún día el CEAMSE hay que cerrar porque cobra por tonelada enterrada pero los cartoneros de allí viven de la basura y no tienen el menor interés de que se cierre. Entonces hay que ver cómo se hace para que los ecologistas colaboren con los cartoneros y encuentren un modus vivendi en la separación y el reciclado.
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